martes, 29 de septiembre de 2009

MORIR DE AMOR


La exaltación del amor romántico se desparrama por canciones, películas, poesía, novelas, impregna la imaginación, y genera expectativas desmedidas en las mujeres desde chiquitas (también en los hombres, aunque les cueste admitirlo). El amor hasta que la muerte nos separe, o más allá de la muerte, morir por amor… es evidente que la vida le queda chica a un sentimiento tan fuerte que arrasa con la voluntad, el sentido común, las reglas, la sensatez. Una vez recibí un sms trasnochado que decía “lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras de amor por mí”. Y quise morir de amor, feliz de darlo todo, fuera del tiempo y más allá de lo razonable.

Estar enamorado es caminar por la cornisa, disfrutar del vértigo del instante y ser capaz de fundirse en el otro hasta perderse de uno mismo. Olvidarse de todo, romper las propias reglas, soñar despierto. No cualquiera está dispuesto a someterse a este desvarío, y es comprensible. A cierta edad ya nos han pasado muchas cosas, hemos llegado a la cima y vuelto a empezar más de una vez, y los golpes se asimilan pero no se olvidan. Es sano y prudente tener miedo de perder el control, querer mantener el ego a salvo del capricho del otro o de la fuerza de las circunstancias.
Porque amar debilita al ego, nos hace frágiles, perdemos los límites, tendemos a mimetizarnos con el amado. Hay placer en este dejarse llevar, es gozosa la entrega y nos gusta pensar que al fin estamos completos, que encontramos a nuestra “media naranja”. Damos toda nuestra atención y nuestra energía como una ofrenda de nosotros mismos y nos quedamos desnudos y desprotegidos. Si el amor es correspondido, si fluye en ambos sentidos, el otro nos cuida y se restablece el equilibrio. Pero si persistimos en amar con la esperanza de llegar a conmover a alguien que se muestra distante, este permanente estado de entrega nos vacía, perdemos la energía vital y la estabilidad emocional y nos volvemos torpes e inseguros.

En cambio, sentirse amado es una enorme gratificación psicológica. Tenemos la tendencia a creer que esa mirada de adoración es plenamente justificada, que al fin alguien descubre ese tesoro oculto en mí. Nuestro ego se infla y nos da la sensación de que no cabemos en nosotros mismos. A todos nos gusta sentirnos deseados, amados, pero también nos pesa hacernos cargo de las expectativas del otro. Ese que me mira con amor espera algo de mí, y no sé si se lo puedo dar. Salvo que logremos separar los tantos: disfrutar de las atenciones sin dar nada a cambio, como en el caso de la histeria, el síntoma de las relaciones actuales. Tanto hombres como mujeres buscan gustar, ser elegidos, deseados, para seguir su camino satisfechos de sí mismos, con un ego reforzado después de haber visto su propia imagen sobredimensionada en otra mirada amorosa.

¿El amor provoca amor? ¿Es posible conmover al otro con la intensidad de la entrega o, al contrario, conviene seducir ocultando los sentimientos? ¿Qué enciende la llama, la magia, la conexión tan anhelada? ¿Qué es el amor?

Muchas preguntas y pocas respuestas. Escuché por ahí que el amor es un engaño, y debe serlo, por qué no.
Pero me quedo con lo que alguna vez me dijo alguien, que amar es ser feliz haciendo feliz al otro. Me gustó eso, lo adopté como propio. Me suena a dar con generosidad y recibir con alegría, pura confianza, entrega y dejar que fluya, sin especulaciones, sin temores ni dudas. Lo simbolizaría como un equilibrio en continuo movimiento, como el mar.

ale be