El texto que Uds. van a leer es un hecho verídico. Los nombres de los protagonistas (excepto el mío) han sido modificados para no herir susceptibilidades.Hace un tiempo tuve una de esas noches que recordaré por siempre y que sin embargo es para el olvido...
Había quedado con un “amigo” para cenar. Digamos que se llama A. Hora pactada: 8:30 PM. Yo cocinaba y él traía el vino. Debo confesar que no tenía ni ganas de aceptar nada de él. Sabía que traía intenciones nones santas. Pero, de alguna forma consiguió sacarme una cena preparada por mí. Punto a favor del muchacho, ¿no?
Tipo seis de la tarde, llama un conocido (porque ni amigo es) para preguntarme si podía pasar por casa para buscar una herramienta que me había prestado en mi mudanza. Obvio dije: “sí, pasá nomás”. Total sólo iban a ser unos minutos, ¿no? Así que quedamos que pasaría ni bien cerrara el negocio. GRAVE ERROR.
Cayó tipo 20:15hs, y apenas dos minutos después mi “cita”. Ofrecí mate y nos pusimos a charlar. Que de dónde se conocen, que qué es de la vida de fulanito y menganita. Y así. En un momento le conté que el muchacho A y yo habíamos quedado en cenar juntos esa noche. Los minutos pasaban, devolví la herramienta prestada pero ni señales que este conocido (pongámosle B) decidiera dejarnos solos.
Así que decidí usar las indirectas. Voy por mi campera de jean y le digo a A: “vamos al super o no cenamos”. Y para darle pie a B para que nos dejara solos le digo: “¿nos acompañás?”. La respuesta de cualquiera que sabe que está de más hubiera sido: “no, gracias. Tengo que irme”. ¡¡¡Ilusa yo!!! La respuesta fue un: “bueno”.
Ok, no entendió mi indirecta. Así que, ya en el super, y mientras A buscaba un vino, me dirijo a la sección verduras con B y empiezo a aclararle la situación: “¿no te das cuenta de que le estás escupiendo el asado al muchacho?”. Y creo que ahí fue donde lo perdí. Me miró con cara de: “¿desde cuándo hablás mandarín?”. Y esa cara, acompañada de frases como “¿qué?... cheeee... ¿ah?” fue lo único que B comenzó a decir desde aquel momento. O sea, fue como que en ese instante la película estaba hablada en mandarín y él sin saber cómo poner el subtitulado.
Llegamos a la casa. Me puse a cocinar, sino comíamos a las 2 de la mañana. B pide permiso para revisar su correo desde mi computadora. Le digo que sí. Y mientras se registraba en Hotmail dijo: “así hago tiempo hasta que esté la comida”. WHAT??!!! Mi cara ya fue de: “¡este es un boludo a cuerda! Ok, este muchacho no entiende indirectas ni directas. Llegó la hora de dejar las sutilezas de lado y que se vaya al carajo la diplomacia”. Así que de mis dulces labios salieron las siguientes palabras: “Es que yo hice compras para hacer una cena de dos” (dedito que va y viene señalando a A y a mí). Respuesta de B: “aaaaahh... bueno, termino de revisar el correo y me voy”.
Listo, unos minutos más y se va... ¡¡Eso pensaría una ingenua cualquiera!! El señor pesado B comenzó a pasearse por mi departamento como si viviera en él. ¡¡Hasta tuve que regañarlo porque comenzó a hurgar en mi computadora!! ¿No viene nunca a mi casa y se toma esas libertades? ¿Quién le dio esa confianza? Y sus “¿qué?, cheeee, ¿ah?” eran constantes y desesperantes. Casi le revoleo el cuchillo con el que cortaba la carne. Mientras tanto, A se reía de mis puteadas por lo bajo y mis caras de “voy a matar a este desubicado”.
Un hermoso ring tone de celular me llenaron de esperanzas. B atiende su teléfono y escucho un: “estoy a unas cuadras...”. ¡POR FIN! ¡ALGUIEN ESCUCHÓ MIS SÚPLICAS!! B guarda su celular y dice: “Una amiga. Quiere que vaya a su fiesta, pero no...” ¡PUTACARAJOMIERDA! ¿Acaso me meó un elefante y no me enteré? Encima B seguía con esa manía de dejar las frases sin terminar... ¡más rabia me daba!
No sé en qué momento veo que, al fin, decide tomar su mochila. Antes de que se arrepintiera, corrí a abrirle la puerta de salida de par en par. ¡Ja! Desde la otra punta del living, B me miró y me dijo: “Si querés vengo otro día”. Gurisa, ¡pensá rápido y avivate esta vez! “Mirá, estoy hasta las manos con el estudio. No te voy a dar ni cinco de pelota.” Así que B fue a saludar a A mientras yo llamaba el ascensor con cara de felicidad. “Desde acá te abro” dije para que no insinúe siquiera que lo acompañe hasta la puerta del edificio.
¡AL FIN SE FUE!
Por fin A y yo pudimos cenar tranquilos. Obviamente cagándonos de risa de todo lo sucedido (tampoco me voy a poner a llorar por esa pelotudez, ¿no?)
Creo que lo sucedido esa noche no fue tan malo, sino A no hubiese vuelto al otro día (regalo en mano).
¡Ja! Uds creyeron que en esta historia terminan todos felices y contentos. ¡NO! A y yo estábamos charlando tranquilamente cuando suena el timbre. ¿Adivinen quien era? ¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Mr. Pesado B! Por suerte lo ví desde la ventana del departamento, e inventé una excusa para que se fuera: “Estoy estudiando con un compañero, ahora no te puedo atender.” Si hubieran visto la carcajada de A mientras yo pronunciaba estas palabras...
MORALEJA: No intenten devolver una herramienta cuando programaron una cita para ese día. Las consecuencias pueden ser catastróficas.
Guri